Hubo un tiempo que todo era o blanco o negro en el tema de las relaciones. Podía pasar de tener claro que confió en ti, asumiendo que nunca me querrás hacer daño de forma intencionada o pasar a pensar que todo lo que querrás es herirme y cuestionarme todo lo que haces.

El problema viene cuando ya te he puesto en este último, ahí ya no hay vuelta atrás.

Si, me di cuenta, el problema fue que estaba limitando todo en mis relaciones por no darme cuenta de todos los colores que había entre el blanco y negro, donde la gente es humana, y como humanos cometen errores y necesitan entendimiento y perdón.

Desde entonces, volví a verlo todo de color blanco, confiaba ciegamente en la gente, sin pensar que sus acciones podrían reflejar que nadie les importaba.

Yo quería importarles, quería creer que era valioso para ellos, y eso solo significó que interpretaba todo de manera incorrecta, aunque pareciera que era todo de otra manera.

Y es ahí cuando todo se vuelve confuso. Por un lado, creamos un montón de ideas, de pensamientos que realmente no están ahí. De esa manera, podemos estar convencidos de que alguien solo quería jodernos, ser desconsiderado o que no les importemos nada cuando en realidad no era así.

Por otro lado, a veces los hechos demuestran mucho más que las palabras y nuestras interpretaciones pueden ir no tan desencaminadas.

Así que, el problema es que hay una amplia gama de grises entre el blanco y negro pero, a pesar de ser capaces de ver tantos colores, nuestro cerebro solo piensa en blanco y negro cuando hablamos de relaciones y, por muchos que nos esforcemos, siempre iremos pasando de un lado al otro sin tan siquiera esforzarnos.